Era la hora de mi terapéutico whisky matinal, desayuno y almuerzo juntos, y era la hora de que la tintura en mi cabeza hiciera un mejor trabajo esta vez, ocultando mis canas de vieja gruñona. Y era la hora de las noticias en la televisión y no podía creer estar viendo su fotografía cubriendo toda la pantalla, mientras una conductora con una rinoplastia muy mal hecha, lo acusaba diciendo su nombre completo. Había cometido un crimen, al parecer en medio de una riña entre barristas de equipos de fútbol rivales, al parecer en defensa propia, al parecer no tenia más alternativa que servirme otro scotch.

Y de pie frente a mi closet, autoconvenciéndome de salir lo más low-perfil posible, casual, desapercibida y aburrida. Las lentejuelas me hipnotizaban, los tacos me susurraban “úsanos, úsanos”, y la palma de mi mano sudaba adictiva por llevar mi cartera favorita del mes. Y antes de que pudiese escapar del camerino del Moulin Rouge, me veo transformada en vedette. Pero era una visita a la cárcel, a las nueve de la mañana y vestida en esa facha es demasiada patudez. Jackie O era el plan B y con un pañuelo que cubría mi peinado y mis mejillas, y unas gafas gigantes salí algo inquieta esa mañana. Después de muchos años volvería a ver a mi primer beso.
No puedo negar que al ver a la multitud de mujeres amontonadas afuera del recinto me sentí algo incómoda. Me puse en la fila, primero con timidez, luego con más actitud. Delante de mí, una mujer escupía en el suelo, llenando de gracia aquel repugnante gesto. Una hora después, un gran portón metálico se abría con un chirrido de latas siendo torturadas. Desde adentro voces masculinas apresuradas intentaban poner algo de orden. Mi boca se secaba y mis latidos se aceleraban. Repasé mis labios con la última barra de carmín que me quedaba, debo comprarme un labial nuevo, pensaba vanidosa hasta que un tipo muy corpulento me pide mi carné de identidad. El cual no era mío, sino de una tía muy guapa y muy parecida a mi.
Se me aparece en todos lados, me contaba atemorizado, al mismo tiempo que su cabeza se abatía hacia delante en una postrera de arrepentimiento y desesperación. Luego estuvo sumido por varios segundos en un obstinado silencio. Mientras yo miraba el patio del recinto carcelario lleno de mujeres y sus parejas o sus hijos o sus hermanos. Se acababa el horario de visitas y en un gesto inesperado él toma mi mano con delicadeza y me agradece mi visita, mientras yo me daba cuenta que había olvidado retocar el esmalte de mis uñas. Por un instante, volví a ser niño, sentado junto a él sobre un riel tapado de maleza seca y nuestras bocas chorreadas con granada.